El Club Atlético Aguada
No puedo caer en algo tan obvio como decir que Aguada tiene la parcialidad más grande y más bullanguera del básquetbol nacional, porque eso lo sabe todo el mundo.
Pero lo más asombroso es que la mitad de esa hinchada no nació ni vivió en la Aguada o el Arroyo Seco. Los invadió la mística rojiverde que se ha extendido por toda la ciudad y por muchos lugares del interior.
Y esto tiene su gran mérito, son hinchas por adopción, por decisión propia y por eso debemos valorarlos como se merecen, porque no son exitistas, son aguateros de ley para toda la vida aunque ganemos un campeonato cada treinta o cuarenta años.
Escrito por Juan Carlos Opiso
En cambio para los nacidos en el Arroyo Seco no hay opción, es congénito, así como se nace rubio, morocho o pelirrojo, de ojos claros u oscuros, se nace hincha de Aguada y punto.
Ni siquiera aquellos fanáticos hinchas de Nacional o Peñarol, cuando estos equipos incursionaron en forma lamentable en el básquetbol, pudieron sustraerse a la pasión rojiverde cuando el Aguadita enfrentaba a sus colores preferidos.
El Club Aguada se fundó en 1922 y dio sus primeros pasos en el predio que estaba ubicado frente a la iglesia de la Aguada. Ese barrio le dio su nombre pero, como tantos clubes deportivos, tuvo que deambular por distintos escenarios hasta recalar por un tiempo en la calle Gral. Fraga y Aguilar, en pleno Arroyo Seco (aunque a algunos aguateros les cuesta reconocerlo).
Para mí, de niño, era un punto de referencia, yo sabía donde quedaba la casa de la abuela, el almacén, la escuela y la cancha de Aguada. Entre otras cosas porque, como ya he comentado, la vieja cancha quedaba a dos cuadras de mi casa, donde transcurrieron sus años más gloriosos y se lograron cuatro o cinco Campeonatos Federales.
Después vino la mudanza a la calle San Martín, la cancha parecía mas cerca de esta avenida que ahora, porque todavía estaban habitadas las viejas casas que daban a la calle Marmarajá, donde hoy está la enorme tribuna.
Los tablones que formaban las gradas eran, por supuesto, los mismos que los de la calle Fraga y las tribunas estaban dispuestas a ambos lados de la cancha.
Sobre San Martín en algunas habitaciones dejadas en pie de la casa original estaban, la sala de sesiones, la cantina y más atrás los vestuarios.
Contra una pared lateral se ubicaba la casita de Santa Cruz, eterno canchero multioficios o sea: encargado de mantenimiento, sereno, equipier, pintor, electricista, reparador de pelotas y todo lo que se nos ocurra. Junto a él su señora a la que no le daban los alambres y palillos para tender a secar los equipos que afanosamente lavaba.
Siempre recordamos dirigentes, técnicos, jugadores, pero qué hubiera sido de estos cuadros sin el aporte invalorable de estos “profesionales” que por pocos pesos y una modesta vivienda le entregaban su vida al club de nuestros amores.
En la sala de sesiones estaban las copas y trofeos ganados por Aguada, la mesa donde sesionaba la directiva y un rincón muy austero donde se llevaba la administración del Club.
Con su piso de tablas que oscilaban al caminar, debilitado por el paso de los años, con su clásico mostrador donde reinaba la grappa con limón mezclando su aroma con el humo de los cigarrillos, la vieja cantina recibía a sus escasos parroquianos y con suerte, hacía algún peso los días de partido.
El cantinero, que habría leído algún libro de sicología, había colocado un cartel del que no me puedo olvidar, decía:
Queremos que Ud. se sienta como en su casa,
Si allí acostumbra a salivar en el suelo
Hágalo aquí también
A esa vieja cancha llegué a practicar junto a otros botijas del barrio, cuando tenía trece o catorce años y el director técnico de menores era Tabaré Quintans.
Era julio o agosto y de noche en esa cancha abierta hacía un frío descomunal. Entre mi torpeza, el frío que entumecía mis manos y aquellas pelotas de cuero ya gastadas que parecían, por la diferencia de tamaño y peso, balones para distintos deportes, no había noche en que no me fuera con algún dedo recalcado. Todavía tengo señales de aquellas lesiones.
Después de ese primer intento pasaron dos años, antes que fuera otra vez a practicar a Aguada.
Salvo el técnico, que era el profesor Merletti, el frío, las pelotas y mi torpeza eran los mismos, pero al ser un poco más grandecito se sobrellevaban mejor.
Si Aguada hubiera llevado estadísticas de divisiones formativas desde hace cincuenta años, se podría comprobar que aquel fue el plantel más reducido que tuvo nunca en juveniles.
No llegábamos a llenar la planilla, éramos sólo nueve y siempre faltaba alguno, por eso los que íbamos era seguro que jugábamos.
El Coco Larrosa, Freddy Techera y Raúl Preghenella eran los que hacían los goles, el Bocha Sorroquieta, Orlando Brignani y yo, hacíamos quórum (todos del Arroyo Seco).
Que me perdonen los otros tres, sus nombres se me pierden en el tiempo.
Así y todo obtuvimos algunos triunfos y el más recordado fue en esa vieja cancha, un domingo de mañana contra el tradicional adversario.
Sí, le ganamos a Goes que entonces tenía un cuadrazo.
Quizás fuera por la motivación que nos contagió “estrenar” los uniformes deportivos que nos traspasó el primer equipo, porque nunca antes las formativas habían tenido. Te ponías el pantalón corto, la camiseta y abrigate como puedas.
Ese día nos sentimos un equipo fuerte, ¡estábamos tan elegantes!, y aunque Santa Cruz nos había dado los uniformes prolijamente lavados por su señora, todavía les quedaba el aura de quienes los vistieron: el Mocho Badano, el Toto Laborde, Machín, el Ruso Zelko, Do Carmo, el Siete Patas, el Taza Zavala y Calucho Techera.
A pesar de que esos titulares tenían garra y calidad, el Aguadita estaba siempre peleando el descenso y cuando llegaban las fechas decisivas o había un triangular para definir los dos que bajaban, volvían las viejas glorias.
Ya estaban lejos de su mejor momento pero volvían para imponer presencia ante el adversario y que aquellos jóvenes jugaran tranquilos.
Por eso pude ver de corto, adentro de una cancha a aquellos mitos, infaltables protagonistas de los cuentos en que se resaltaban más la hombría que la calidad técnica de quienes llevaron a Aguada a la gloria.
El Bebe Martínez, el Manco Rodríguez, el Pata Gully, estaban allí porque se los precisaba, no les importaba arriesgar su prestigio y aparecer gordos y lentos.
El Aguadita los había llamado y no podían faltar.
Me gustaría que se pudieran recopilar las mil y una historias, absolutamente veraces, generadas por jugadores e hinchas de Aguada a través de estos ochenta y pico de años y de los que vendrán.
Pero no fantasías, sino hechos que se puedan comprobar para que los demás sepan que cuando se habla de “locura aguatera” es porque todos somos un poco locos.
Algunos son “locos lindos” otros “locos” a secas.
Van un par de mis recuerdos para ir formando la lista:
Había unos muchachos ambos buenos pibes, simpáticos, buena pinta, de pelo castaño casi rubio, uno más fornido, el otro más esbelto.
A uno lo conocía de la Escuela Nº 77 aunque me llevaba unos años y al otro del barrio y era un muy buen jugador de fútbol en la Tercera de Nacional.
Con su “facha” ellos podrían haber sido uno más en el “Expreso Pocitos” o en “La Mascota” de Av. Arocena, pero eran del barrio e hinchas perdidos de Aguada.
Me estoy refiriendo a Mezzetta y al Quique Balsa y dudo que hoy alguien repitiera lo que ellos hacían.
Si bien siempre estaban al frente cuando se armaba algún lío entre hinchadas, después llevaron su desafío al límite.
Mezzetta y el Quique tomaron la costumbre de entrar a la cancha cuando el partido estaba a punto de iniciarse, los acompañaban sus novias, ambas rubias y ambas levemente más altas que ellos y por supuesto, con muy buena figura. Estos “kamikaze” atravesaban la cancha y se iban a sentar exactamente en el medio de la hinchada rival, fuera el cuadro que fuera.
Por supuesto que las primeras veces las provocaciones los llevaron a andar a las piñas con los rivales, pero ambos tenían sendos “Doctorados en Trompadas” así que estaban en su salsa.
Al pasar las fechas se fueron convirtiendo en un “clásico”, era tan surrealista lo que hacían que desconcertaban a las hinchadas contrarias.
No sé cuánto duró, supongo que se deben haber aburrido porque era tanto el respeto que inspiraban, que ya los contrarios los empezaban a saludar y creo que hasta les hacían espacio para que se sentaran.
Otro hecho aconteció en un partido entre Aguada y Colón arbitrado por Julio Sánchez Padilla.
Sánchez y Mario Hopenhaym eran los dos mejores jueces, ambos internacionales, en una época en que había que ser muy macho para ser juez de básquetbol.
Mario era más bonachón y Julio más rígido por lo que era muy resistido por las parcialidades.
Lo que sucedía es que la FIBBA había establecido un código de señas internacional para que los jueces, sin importar su nacionalidad, comunicaran sus fallos a la mesa de control y tenía aplicación obligatoria en todo el mundo.
Esta normativa obligó, entre otras cosas, a que el gran Oscar Moglia tuviera que abandonar su característica camiseta Nº 3 que se confundía con la seña de los tres segundos, los números de las camisetas sólo podían ser del 4 al 15.
En esa época, espero que esto haya cambiado, lo único que se les exigía a los planilleros era haber aprobado con muy buena nota el examen de “Viveza Criolla”.
Era más importante parar o hacer seguir el reloj y anotar o dejar de anotar en la planilla sin que el adversario se diera cuenta, que capacitarse para cumplir la tarea con corrección.
Cuando Mario cobraba una falta, hacía de inmediato la seña correspondiente y emprendía una breve carrerita que lo llevaba por delante de la mesa y decía bajito “falta al Nº tal…”
Descansados en el changüí que les daban algunos jueces, los planilleros no aprendían las señas.
Julio, por otro lado, cobraba la falta y la señalaba desde su lugar. Si creía que no la comprendían de buena fé, quizás la repitiera, pero siempre se quedaba en el lugar desde donde había cobrado, como indicaba la nueva norma.
La mayoría de las veces Julio, no por culpa de él, quedaba como el Penado 14, haciendo señas sin que nadie le entendiera y esto provocaba muchas fricciones.
En ese partido, en medio de esas incomprensiones, se generó un tumulto y un jugador de Aguada insultó a Sánchez. Éste inmediatamente lo expulsó y la cancha se convirtió en una olla a presión.
Los compañeros se llevaron al expulsado hacia el banco, los cuatro policías trataban de desalojar, sin éxito, a los parciales que habían entrado a la cancha y Sánchez se quedó junto a la mesa, con la pelota bajo el brazo, esperando poder reiniciar el juego.
En el extremo de la cancha el Pata Gully descuidó un momento al expulsado y éste dando un gran rodeo llegó hasta la mesa desde el lado del banco de Colón.
Sánchez no lo vio venir y fue alevosamente agredido y pateado hasta debajo de la mesa donde Genaro Carleo, comentarista de Radio Sport, tuvo que levantar sus piernas. Fue tal la sorpresa general que todo el mundo se quedó helado.
Los policías se llevaron rápidamente al agresor y Julio, con una frialdad que parecía tener nieve circulando por sus venas, tocó pito y se dirigió al medio de la cancha a paso firme para reiniciar el partido.
No recuerdo cómo terminó, pero no hubo más incorrecciones y el partido finalizó con relativa normalidad.
No es para enorgullecerse, pero Aguada tiene otro record hasta ahora imbatido porque, al Tabaco Zubillaga la FUBB lo suspendió por 99 años.
No puedo caer en algo tan obvio como decir que Aguada tiene la parcialidad más grande y más bullanguera del básquetbol nacional, porque eso lo sabe todo el mundo.
Pero lo más asombroso es que la mitad de esa hinchada no nació ni vivió en la Aguada o el Arroyo Seco. Los invadió la mística rojiverde que se ha extendido por toda la ciudad y por muchos lugares del interior.
Y esto tiene su gran mérito, son hinchas por adopción, por decisión propia y por eso debemos valorarlos como se merecen, porque no son exitistas, son aguateros de ley para toda la vida aunque ganemos un campeonato cada treinta o cuarenta años.
En cambio para los nacidos en el Arroyo Seco no hay opción, es congénito, así como se nace rubio, morocho o pelirrojo, de ojos claros u oscuros, se nace hincha de Aguada y punto.
Ni siquiera aquellos fanáticos hinchas de Nacional o Peñarol, cuando estos equipos incursionaron en forma lamentable en el básquetbol, pudieron sustraerse a la pasión rojiverde cuando el Aguadita enfrentaba a sus colores preferidos.
El Club Aguada se fundó en 1922 y dio sus primeros pasos en el predio que estaba ubicado frente a la iglesia de la Aguada. Ese barrio le dio su nombre pero, como tantos clubes deportivos, tuvo que deambular por distintos escenarios hasta recalar por un tiempo en la calle Gral. Fraga y Aguilar, en pleno Arroyo Seco (aunque a algunos aguateros les cuesta reconocerlo).
Para mí, de niño, era un punto de referencia, yo sabía donde quedaba la casa de la abuela, el almacén, la escuela y la cancha de Aguada. Entre otras cosas porque, como ya he comentado, la vieja cancha quedaba a dos cuadras de mi casa, donde transcurrieron sus años más gloriosos y se lograron cuatro o cinco Campeonatos Federales.
Después vino la mudanza a la calle San Martín, la cancha parecía mas cerca de esta avenida que ahora, porque todavía estaban habitadas las viejas casas que daban a la calle Marmarajá, donde hoy está la enorme tribuna.
Los tablones que formaban las gradas eran, por supuesto, los mismos que los de la calle Fraga y las tribunas estaban dispuestas a ambos lados de la cancha.
Sobre San Martín en algunas habitaciones dejadas en pie de la casa original estaban, la sala de sesiones, la cantina y más atrás los vestuarios.
Contra una pared lateral se ubicaba la casita de Santa Cruz, eterno canchero multioficios o sea: encargado de mantenimiento, sereno, equipier, pintor, electricista, reparador de pelotas y todo lo que se nos ocurra. Junto a él su señora a la que no le daban los alambres y palillos para tender a secar los equipos que afanosamente lavaba.
Siempre recordamos dirigentes, técnicos, jugadores, pero qué hubiera sido de estos cuadros sin el aporte invalorable de estos “profesionales” que por pocos pesos y una modesta vivienda le entregaban su vida al club de nuestros amores.
En la sala de sesiones estaban las copas y trofeos ganados por Aguada, la mesa donde sesionaba la directiva y un rincón muy austero donde se llevaba la administración del Club.
Con su piso de tablas que oscilaban al caminar, debilitado por el paso de los años, con su clásico mostrador donde reinaba la grappa con limón mezclando su aroma con el humo de los cigarrillos, la vieja cantina recibía a sus escasos parroquianos y con suerte, hacía algún peso los días de partido.
El cantinero, que habría leído algún libro de sicología, había colocado un cartel del que no me puedo olvidar, decía:
Queremos que Ud. se sienta como en su casa,
Si allí acostumbra a salivar en el suelo
Hágalo aquí también
A esa vieja cancha llegué a practicar junto a otros botijas del barrio, cuando tenía trece o catorce años y el director técnico de menores era Tabaré Quintans.
Era julio o agosto y de noche en esa cancha abierta hacía un frío descomunal. Entre mi torpeza, el frío que entumecía mis manos y aquellas pelotas de cuero ya gastadas que parecían, por la diferencia de tamaño y peso, balones para distintos deportes, no había noche en que no me fuera con algún dedo recalcado. Todavía tengo señales de aquellas lesiones.
Después de ese primer intento pasaron dos años, antes que fuera otra vez a practicar a Aguada.
Salvo el técnico, que era el profesor Merletti, el frío, las pelotas y mi torpeza eran los mismos, pero al ser un poco más grandecito se sobrellevaban mejor.
Si Aguada hubiera llevado estadísticas de divisiones formativas desde hace cincuenta años, se podría comprobar que aquel fue el plantel más reducido que tuvo nunca en juveniles.
No llegábamos a llenar la planilla, éramos sólo nueve y siempre faltaba alguno, por eso los que íbamos era seguro que jugábamos.
El Coco Larrosa, Freddy Techera y Raúl Preghenella eran los que hacían los goles, el Bocha Sorroquieta, Orlando Brignani y yo, hacíamos quórum (todos del Arroyo Seco).
Que me perdonen los otros tres, sus nombres se me pierden en el tiempo.
Así y todo obtuvimos algunos triunfos y el más recordado fue en esa vieja cancha, un domingo de mañana contra el tradicional adversario.
Sí, le ganamos a Goes que entonces tenía un cuadrazo.
Quizás fuera por la motivación que nos contagió “estrenar” los uniformes deportivos que nos traspasó el primer equipo, porque nunca antes las formativas habían tenido. Te ponías el pantalón corto, la camiseta y abrigate como puedas.
Ese día nos sentimos un equipo fuerte, ¡estábamos tan elegantes!, y aunque Santa Cruz nos había dado los uniformes prolijamente lavados por su señora, todavía les quedaba el aura de quienes los vistieron: el Mocho Badano, el Toto Laborde, Machín, el Ruso Zelko, Do Carmo, el Siete Patas, el Taza Zavala y Calucho Techera.
A pesar de que esos titulares tenían garra y calidad, el Aguadita estaba siempre peleando el descenso y cuando llegaban las fechas decisivas o había un triangular para definir los dos que bajaban, volvían las viejas glorias.
Ya estaban lejos de su mejor momento pero volvían para imponer presencia ante el adversario y que aquellos jóvenes jugaran tranquilos.
Por eso pude ver de corto, adentro de una cancha a aquellos mitos, infaltables protagonistas de los cuentos en que se resaltaban más la hombría que la calidad técnica de quienes llevaron a Aguada a la gloria.
El Bebe Martínez, el Manco Rodríguez, el Pata Gully, estaban allí porque se los precisaba, no les importaba arriesgar su prestigio y aparecer gordos y lentos.
El Aguadita los había llamado y no podían faltar.
Me gustaría que se pudieran recopilar las mil y una historias, absolutamente veraces, generadas por jugadores e hinchas de Aguada a través de estos ochenta y pico de años y de los que vendrán.
Pero no fantasías, sino hechos que se puedan comprobar para que los demás sepan que cuando se habla de “locura aguatera” es porque todos somos un poco locos.
Algunos son “locos lindos” otros “locos” a secas.
Van un par de mis recuerdos para ir formando la lista:
Había unos muchachos ambos buenos pibes, simpáticos, buena pinta, de pelo castaño casi rubio, uno más fornido, el otro más esbelto.
A uno lo conocía de la Escuela Nº 77 aunque me llevaba unos años y al otro del barrio y era un muy buen jugador de fútbol en la Tercera de Nacional.
Con su “facha” ellos podrían haber sido uno más en el “Expreso Pocitos” o en “La Mascota” de Av. Arocena, pero eran del barrio e hinchas perdidos de Aguada.
Me estoy refiriendo a Mezzetta y al Quique Balsa y dudo que hoy alguien repitiera lo que ellos hacían.
Si bien siempre estaban al frente cuando se armaba algún lío entre hinchadas, después llevaron su desafío al límite.
Mezzetta y el Quique tomaron la costumbre de entrar a la cancha cuando el partido estaba a punto de iniciarse, los acompañaban sus novias, ambas rubias y ambas levemente más altas que ellos y por supuesto, con muy buena figura. Estos “kamikaze” atravesaban la cancha y se iban a sentar exactamente en el medio de la hinchada rival, fuera el cuadro que fuera.
Por supuesto que las primeras veces las provocaciones los llevaron a andar a las piñas con los rivales, pero ambos tenían sendos “Doctorados en Trompadas” así que estaban en su salsa.
Al pasar las fechas se fueron convirtiendo en un “clásico”, era tan surrealista lo que hacían que desconcertaban a las hinchadas contrarias.
No sé cuánto duró, supongo que se deben haber aburrido porque era tanto el respeto que inspiraban, que ya los contrarios los empezaban a saludar y creo que hasta les hacían espacio para que se sentaran.
Otro hecho aconteció en un partido entre Aguada y Colón arbitrado por Julio Sánchez Padilla.
Sánchez y Mario Hopenhaym eran los dos mejores jueces, ambos internacionales, en una época en que había que ser muy macho para ser juez de básquetbol.
Mario era más bonachón y Julio más rígido por lo que era muy resistido por las parcialidades.
Lo que sucedía es que la FIBBA había establecido un código de señas internacional para que los jueces, sin importar su nacionalidad, comunicaran sus fallos a la mesa de control y tenía aplicación obligatoria en todo el mundo.
Esta normativa obligó, entre otras cosas, a que el gran Oscar Moglia tuviera que abandonar su característica camiseta Nº 3 que se confundía con la seña de los tres segundos, los números de las camisetas sólo podían ser del 4 al 15.
En esa época, espero que esto haya cambiado, lo único que se les exigía a los planilleros era haber aprobado con muy buena nota el examen de “Viveza Criolla”.
Era más importante parar o hacer seguir el reloj y anotar o dejar de anotar en la planilla sin que el adversario se diera cuenta, que capacitarse para cumplir la tarea con corrección.
Cuando Mario cobraba una falta, hacía de inmediato la seña correspondiente y emprendía una breve carrerita que lo llevaba por delante de la mesa y decía bajito “falta al Nº tal…”
Descansados en el changüí que les daban algunos jueces, los planilleros no aprendían las señas.
Julio, por otro lado, cobraba la falta y la señalaba desde su lugar. Si creía que no la comprendían de buena fé, quizás la repitiera, pero siempre se quedaba en el lugar desde donde había cobrado, como indicaba la nueva norma.
La mayoría de las veces Julio, no por culpa de él, quedaba como el Penado 14, haciendo señas sin que nadie le entendiera y esto provocaba muchas fricciones.
En ese partido, en medio de esas incomprensiones, se generó un tumulto y un jugador de Aguada insultó a Sánchez. Éste inmediatamente lo expulsó y la cancha se convirtió en una olla a presión.
Los compañeros se llevaron al expulsado hacia el banco, los cuatro policías trataban de desalojar, sin éxito, a los parciales que habían entrado a la cancha y Sánchez se quedó junto a la mesa, con la pelota bajo el brazo, esperando poder reiniciar el juego.
En el extremo de la cancha el Pata Gully descuidó un momento al expulsado y éste dando un gran rodeo llegó hasta la mesa desde el lado del banco de Colón.
Sánchez no lo vio venir y fue alevosamente agredido y pateado hasta debajo de la mesa donde Genaro Carleo, comentarista de Radio Sport, tuvo que levantar sus piernas. Fue tal la sorpresa general que todo el mundo se quedó helado.
Los policías se llevaron rápidamente al agresor y Julio, con una frialdad que parecía tener nieve circulando por sus venas, tocó pito y se dirigió al medio de la cancha a paso firme para reiniciar el partido.
No recuerdo cómo terminó, pero no hubo más incorrecciones y el partido finalizó con relativa normalidad.
No es para enorgullecerse, pero Aguada tiene otro record hasta ahora imbatido porque, al Tabaco Zubillaga la FUBB lo suspendió por 99 años.



Comentarios
Ya pegado a esos colores, comencé a seguir aquel cuadrazo de Granger, Bacon, Ruiz, Viola y Garretano Y la pasión hoy se la traslado a mis hijos. Por siempre.
hola, seria el bar CAJADE que estaba enfrente de la farmacia DONADIO, en la esquina de SAN MARTIN, sera ese......habia otro en SAN MARTIN Y LIBRE BAR 51 , che estoy viejo capaz.
En aquel tiempo no existían los triples sino. no se cuántos puntos hubiera hecho en cada partido.
Por razones de edad estoy seguro que el enano Martínez nunca lo vió jugar pero su estilo de tiro es muy parecido ya que los dos son de baja estatura.
Jugó en su mejor momento como base en la selección, jugando el mundial en el año 1967 en el Cilindro Municipal.
te felicito por lo escrito y creo muy necesario, sobre todo para la juventud
aguatera que sepan la grandeza de esta institucion y del barrio arroyo seco y no olvidarnos que en futbol fuimos puntal de la historia con nuestro querido y recordado CLUB ATLETICO LITO.
un abrazo y segui escribiendo para enseñarnos y recordar tanta muchachada linda que paso por estas 2 instituciones
arriba juan carlos!!!!!!!!
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