| Mi vida no fue fácil |
![]() La verdad, mi vida no fue fácil, cuando era joven se recomendaba tener una vida, familiar, sana y deportiva. Lo ideal para un joven de mi estrato social, sería trabajar en algún banco o ente estatal, formar rápidamente mi familia, preferentemente con alguien de mi mismo nivel o en lo posible más alto, de esa manera lograría que el resto de las generaciones tuvieran un alto porcentaje de no pasar penurias económicas en mi ausencia. La cuestión es que a mis 20 años ya fumaba cigarrillos importados de Europa, de tabaco negro de Colombia, tomaba alcohol cada noche que salía con mis colegas del saladero portuario, lugar donde había decidido trabajar, por tener ese ‘’que se yo’’ en la gente que tanto me gustaba, nada mas alejado de la conducta que había que mantener en un banco, ente estatal u oficina de algún tipo. También en esa época corríamos al hipódromo para dejar el poco níquel que hacíamos en las propinas, en los caballos. Pocas veces ganaba algo, muchas más perdía todo, por suerte siempre tuve conducta con la timba y no apostaba mas de lo debido, me gustaba asistir a casinos y lugares del bajo fondo social, donde se podía palpar el olor a transpiración de la clase trabajadora, tenía un contacto sobre la zona de Capurro que me ‘’afilaba’’ la quiniela clandestina, me jugaba a los números que podían salir, y como era de esperarse, generalmente empataba, y pocas veces ganaba. Como les adelanté, la vida ideal no era la que llevaba, sin embargo al ser mi padre un alto cargo político del país, podía asistir a eventos sociales de alto espectro, donde encontrabas a las mujeres mas ricas de la sociedad, mostrando sus dotes corporales, nada más alejado de lo que hoy en día se vive, en esa época, la higiene venia de la mano de las aguas francesas, unas esencias que las mujeres se tiraban en la piel para heder a flores, y ocultar el verdadero aroma que desprendían sus blancos y millonarios cuerpos. La verdad es que eran gordas mugrientas adornadas con seda parisina, para ellos eran infalibles y hermosas, para mi, y los demás conocidos, eran simplemente mujeres feas, no encontré mujer más linda que la mujer del trabajador. Esa que podía ser rubia, morocha, blanca o negra, pero sabía criar hijos, trabajar, atender al marido, y por si fuera poco, cocinaba como nadie. Hablarle de cocina para la clase alta en esa epoca era compararlos con la servidumbre, era similar a decirle ‘’hijo de puta’’ al hijo de la reina Isabel, también era similar la reacción. Toda mi vida transcurría tranquila, y en dos dimensiones, por las mañanas y hasta las tardes, era un obrero con nombre y apellido, una persona que se esforzaba por ganarse la chapa, el techo, el pan, y el resto de cosas que un trabajador debía ganarse para vivir. Por las noches era el ‘’hijo de’’ con un nombre y muchos apellidos, diferentes a los del día, por cierto. Por lo tanto tenía dos vidas, en ese momento no había Internet, no habían cámaras de fotos, y bastaba un bigote y cambiar el peinado para hacerse pasar por otra persona. Había diseñado una técnica infalible, siempre para ir a trabajar al saladero, usaba un mameluco rayado que me había traído mi padre de Italia, era todo verde con rayas rojas y blancas, formaba la bandera de Italia, todos en el saladero se rieron al principio, me hacían bromas, y hasta me apodaron ‘’El Tanuco’’, pero siempre, durante 10 años, me vieron con el mismo mameluco y el mismo bigote a la hora de trabajar. Esto me permitía escabullirme fácilmente de los compañeros de trabajo, simplemente cambiándome la ropa y sacándome el bigote. Como les dije, tenía una vida muy agitada, entreverada y aventurera. Nada sano, nada bien visto, pero hermosa. A mis 30, luego de 10 años en el saladero decidí dejarlo, y buscar la bohemia, me fui de viaje por Europa, donde aprendí que no solo el tabaco negro hacia mal, comencé a tomar cocaína con un austríaco quien decía que le ayudaba a terminar sus libros sobre ‘’la mente humana’’ fumé opio y marihuana con Egipcios que residían en Marsella y la vendían como quien vendía harina en las tiendas de Píria en la ciudad vieja. A los 35 consumía cocaína, marihuana, tabacos rubios, negros, toscanos, salía a mantener la línea con señoras de la noche, deambulaba por los lugares de pernocte más comunes, y la barba me llegaba a la zona pectoral. Un buen día me levanté de mi cama, transpirando me miré al espejo y sentí que tenia mucho y me faltaba algo más, que diera sentido a todo lo que tenía. Un buen febrero lo encontré, tenía apenas unos días de vida, pero me llenó el alma, tanto que ni toda la cocaína del austríaco, ni todas las drogas egipcias podían suplantarlo, el alcohol en abundancia me resultaba agua comparado con la sensación que vivía con ese nuevo amor. Yo lo supe, el día que lo vi lo supe y decidí que algún día me llegaría la hora de abandonar todas mis aventurescas formas de llamar la atención. Mi padre ya estaba sobre sus 80, y seguía siendo una de las personas más influyentes de la sociedad, y a mi me importaba poco, siempre fui un rebelde, respeté a mi padre, pero el no era dueño de mi vida, yo hacia con ella lo que quería, y así como les digo, jamás pudo detenerme, no me pudo detener la policía, no me pudo detener el juez de turno, ni el doctor, solo mi nuevo y viejo amor, que año a año se encargaba solito de renovarme la pasión que sentí aquel día que lo vi por primera vez. Cuando pasó lo del Maracanazo, fue como una señal a mi vida, que la elección que tomé había sido la correcta. Para que entrar en detalles que todos conocen, a los 60 años el doctor me aconsejó dejar de fumar tabaco y drogas, con esfuerzo lo pude dejar 10 años mas tarde debía dejar de consumir cocaína, aclaro que nunca consumí a los niveles que hoy se consume, pero siempre fue una red que no dejaba salir a nadie, pero yo si logré salir, a los 75 debí dejar el alcohol y comenzar a tomar agua, solamente agua, ya los refrescos no eran tolerados por mi débil hígado. La cuestión es que el momento de dejar de ser aventurero había llegado, con 80 años ni estaba bien visto, ni mi físico estaba tan preparado para seguir adelante con mi vida aventurera. El doctor me aconsejó plantar raíces y quedarme en mi casa la mayor parte del tiempo. El doctor no sabía nada. Pude con la droga, pude con el alcohol, pude con la nicotina y los tabacos, pude dejar a las mujeres, pude dejar la noche fulera. Pero no pude dejar a mi viejo amor, ver mi viejo mameluco, el único amor que me despertó la sangre, que me hizo erizar la piel, el amor que me dio la vida, y estoy convencido, el amor que mata. Nunca pude dejar de ir a ver a Aguada.
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